Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (inicialmente denominado "reacción hipercinética de la infancia" y actualmente llamado TDAH)

August 24, 2018

 

Es un trastorno de la conducta. Aparece en la infancia y puede observarse en el comportamiento del niño desde una edad temprana. No se presenta igual en todos ellos, ni todos tienen los mismos síntomas ni la misma magnitud.

En los primeros seis años de vida no resulta fácil de identificar, aunque se ha observado que muchos de los niños a los que posteriormente se les ha diagnosticado este trastorno ya mostraban conductas asociadas a el.

Algunas de ellas son, problemas para dormir o sueño escaso, impulsividad, curiosidad por los mecanismos de los juguetes que se manifiesta por una actitud hacia ellos que les lleva a desmontarlos y romperlos, retraso en el habla, dificultades de aprendizaje de los números, letras y colores, cierta torpeza motriz que puede provocar caídas y accidentes frecuentes, dificultad en las habilidades que requieren finura, dificultades de relación con la familia, con los educadores y con otros niños, incapacidad para acabar sus juegos y mantener una atención continua sobre las cosas, lo que puede generar rabietas frecuentes,  aumento de la actividad física y por tanto predilección por los entretenimientos activos, aunque frecuentemente los abandonen con rapidez para pasar a otro juego. Todo ello deriva en cierto grado de inmadurez física y emocional.

La causa concreta es desconocida, en la actualidad se condiciona a distintos factores. Hoy se tiene una mayor certeza de la concurrencia de factores genéticos. Existen estudios que evidencian la relación del TDAH con transformaciones concretas en ciertos cromosomas que forman el genoma humano en cuanto a los rasgos de impulsividad e hiperactividad.

También, y mediante exploraciones de neuroimagen parece detectarse una actividad inferior a la habitual de la zona lobular frontal del cerebro.

De otro lado el estudio de las disfunciones familiares en el entorno de estos niños revela que los factores psicosociales tienen un rol importante en el desarrollo de los síntomas, por lo que deben ser considerados a la hora de elaborar un plan de tratamiento global y completo.

Se aprecian, asociados a todos los síntomas mencionados,  problemas de confianza, baja autoestima, y desadaptación al entorno.

Al pasar el tiempo, cuando el niño alcanza los 7 años de edad el diagnóstico presenta menos dificultades, aunque al no existir un biomarcador específico, éste se efectúa mediante la observación de la conducta y en base al cumplimiento o no de unos criterios de normalidad. La entrevista con el niño y los datos aportados por los padres son determinantes.

Se advierte también que  en el niño  con TDAH los neurotransmisores dopamina y noradrenalina se producen de forma irregular, presentándose en déficit, lo que se ha relacionado con los síntomas del síndrome. Ambos neurotransmisores intervienen en la óptima comunicación entre las neuronas facilitando la correcta funcionalidad del sistema y del comportamiento.

El cuadro clínico puede variar entre un mayor predominio de la impulsividad-hiperactividad, la falta de atención o ambas.

El tratamiento convencional farmacológico actúa aumentando los niveles de dopamina y/o noradrenalina.

Los fármacos más utilizados son  el metilfenidato, (considerado estimulante, que entre otras acciones produce un aumento de la dopamina, una reducción de la impulsividad y de la actividad cinética, y por ello mejora la capacidad de centrar la atención) y la atomoxetina (de difícil clasificación, no tiene acción estimulante psicomotora, actúa sobre la noradrenalina perdurando su actividad por más tiempo que el fármaco anterior, se utiliza cuando predominan tics severos,  ansiedad y según el cuadro horario de agravación clínica).

Asimismo pueden utilizarse, en función del caso, (generalmente por respuesta insuficiente), solos o asociados,  clonidina, bupropión, antidepresivos tricíclicos, modafinilo, y otros.

Tanto estos como los dos anteriores no están exentos de contraindicaciones y efectos indeseables mal llamados secundarios.

Los tratamientos se recomiendan por períodos indefinidos, sujetos a seguimiento en cada caso y mientras el medicamento demuestre eficacia.

Sin ánimo de que se produzca diagnóstico tardío por dejadez a la hora de evaluar al niño al que se le ha observado algún trastorno que pueda relacionarse con este síndrome me hago la siguiente reflexión:

Un niño muy movido, obstinado, inquieto o desatento ¿está afectado por este síndrome?

¿Son las pastillas el remedio para que los padres se desentiendan de la difícil y dura tarea de educar a sus hijos?

La existencia de una causa genética y de un tratamiento farmacológico libera a los padres del sentimiento de culpa, trasladando responsabilidades hacia un medicamento, hacia el médico prescriptor o hacia imponderables de imposible solución. En todo caso el tratamiento es siempre menos cuestionable y difícil.

Alguien a quien tengo en gran estima me comentaba hace poco que su hija, que es muy movida, al llegar a casa tras un día en el colegio,  es incapaz de merendar e inmediatamente hacer los deberes. Ha optado por darle un respiro, de tal modo que tras la merienda dispone de un tiempo más o menos variable para correr y jugar, gastar parte de toda esa cantidad inmensa de energía que posee, y después le es mucho más fácil cumplir con sus tareas de la escuela. Eso sí, ello requiere estar pendiente de toda esa actividad para fijar los límites de forma adecuada, un esfuerzo que hay que estar dispuesto a hacer.

Educar debería ser obtener lo mejor de la esencia de cada uno, y eso, en ocasiones está reñido con la idea de "normalidad". No todos tenemos las mismas capacidades ni aptitudes. ¿Es acaso signo de buena salud estar adaptado a una sociedad profundamente enferma, o simplemente se trata de mantener un orden social, un comportamiento lineal, homogéneo y similar de todos los individuos?

Con los niños, y en especial con aquellos  que presenten síntomas, no siempre es posible una solución rápida e inmediata. La educación basada en castigo y represión es muy probable que ocasione más complicaciones que beneficios.

Algunos de estos niños desatentos pueden presentar una inteligencia elevada (de hecho, la inteligencia no tiene relación alguna con el TDAH),  lo que puede ser causa de dispersión, puesto que son muchas las cosas que despiertan su interés y su entusiasmo se dirige a ellas de forma incontrolada y ansiosa. Es muy importante dejarles elegir, con límites bien marcados, no entre demasiadas cosas. Elecciones simples, pero que pueden resultar eficaces a la hora de adquirir conocimiento y demostrar tendencias. Así, estos niños pueden poner atención solo en lo que realmente les va a interesar, y ello, poco a poco, puede ayudar a controlar su distracción. En estos casos el déficit puede representar un rasgo de genialidad que debe ser correctamente canalizado.

Por supuesto que debe acudirse al médico. Si existe, hay que identificar el trastorno, sea cual sea. En lo posible debe procurarse un diagnóstico correcto. Y para sorpresa de muchos no siempre la solución se encontrará en los fármacos. Antes se ha mencionado el aspecto psicosocial al hablar de las causas. Deben investigarse tanto las capacidades del niño como las razones que pueden desencadenar problemas conductuales. Problemas relacionados con los padres, mal ambiente familiar, discusiones, separaciones, abandono, llegada de nuevos miembros a la familia, dificultades de adaptación en el colegio, sus causas, etc. Todo ello conlleva un esfuerzo considerable, pero, con toda seguridad, si solucionando estos y otros problemas relacionados mejora el estado del niño, no solo se habrá remediado total o parcialmente la dificultad que se refiere a ese momento, sino que probablemente influirá muy favorablemente en su vida adulta.

Entonces, tras el diagnóstico, ¿cómo orientar el tratamiento?

De forma global. Un niño con TDAH puede necesitar intervenciones pedagógicas concretas, un entrenamiento conductual adecuado, una atención familiar más activa y adaptada a sus características, motivándole y facilitando sus capacidades, la introducción de métodos de relajación de distinta índole, la eliminación de aquellos alimentos que puedan producir sobreexcitación,  y un tratamiento vía oral adecuado cuando así esté indicado. Además de un asesoramiento sobre procedimiento y pautas dirigido a los padres.

Los médicos prescriptores de medicamentos homeopáticos nos hablan de experiencias satisfactorias en el tratamiento del TDAH, y,  si bien es cierto que las dificultades a la hora de efectuar estudios que se ciñan a la metodología científica con medicamentos homeopáticos son grandes, puesto que éstos siempre se prescriben de forma individualizada, y por ello la planificación de los ensayos choca frontalmente con el método estandarizado propuesto para validar los resultados (por lo que siempre será cuestionable hablar en estos casos de "evidencia científica"), la experiencia de muchos de estos médicos homeópatas nos ofrece resultados muy alentadores, y en cualquier caso exentos de efectos indeseables. En innumerables ocasiones se alcanzan progresos sustanciales en cuanto a la atención y el comportamiento, aunque, frecuentemente sean necesarios períodos largos de tratamiento.

El  resultado positivo, cuando se ha actuado con la mejor voluntad y todos los medios disponibles, será altamente gratificante y hará que las dificultades del proceso se diluyan y se olviden, aunque el camino no sea nada fácil.

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