Filosofía y adolescencia

May 25, 2018

 

A pesar de los repetidos intentos de decretar la muerte de la filosofía, esta respetable señora se empeña en seguir existiendo. Y cuando “alguien” se aferra a la vida es porque, de un modo u otro, su existencia todavía tiene sentido. Muerte de la filosofía intentada por estrangulamiento en la segunda mitad del siglo XIX, a manos de las recién entronizadas ciencias. Intento de envenenamiento en el siglo XX a cargo de los sistemas educativos que ven en ella una asignatura prescindible. En la época de la tecno-ciencia, el “pensar en serio” parece estar de más. Se cree que más vale que nuestros adolescentes y nuestros jóvenes estudien algo “práctico”, o como mínimo “científico”. Pero, afortunadamente, nuestros adolescentes siguen estudiando filosofía, al menos en los dos cursos de bachillerato.

Digo “afortunadamente”, pero soy consciente de que algunos lectores y algunas lectoras seguirán preguntándose: “Pero, ¿para qué sirve la filosofía? Claro que para poder responder a esta pregunta es necesario tener una cierta noción de qué es filosofía. Y como en esta sección de Mujeres felices se trata de enfocar los problemas desde la perspectiva de una espiritualidad a la altura de nuestro tiempo, resulta que también tendríamos que preguntarnos qué es la espiritualidad. Pero como en estas páginas hemos esbozado ya una cierta concepción de la espiritualidad, presentándola como “transreligiosa, mística y esotérica”, así como estableciendo una cierta relación con las “nuevas psicologías”, incluso añadiendo una gota de su concepción “integral” en la herencia oriental que es ya hoy parte de nuestro presente, me permitiré presuponer que compartimos un mínimo en lo que respecta a nuestros intereses “espirituales” y así podemos centrarnos más en lo propiamente filosófico.

Ahora bien, justamente esa división en ramas del saber, esa especialización, que ha terminado convirtiéndose en hiperespecialización característica de la época moderna, consistente en saber mucho de muy poco, se halla en las antípodas de la filosofía. Efectivamente, esta ha pretendido ser siempre un saber de la totalidad, tener una visión de conjunto. Por ello, estoy pensando en una filosofía (o más bien en un “filosofar”, pues no se trata tanto de un producto como de una acción) en la que ciencia y espiritualidad puedan integrarse, en la que Oriente y Occidente, como nuestros hemisferios cerebrales derecho e izquierdo, no sean ya dos mundos aparte, inconexos, sino dos dimensiones complementarias de nuestro ser y de nuestro pensar.

Pero, además, me interesa ahora especialmente la repercusión que el estudio de la filosofía puede tener en nuestros adolescentes y nuestros jóvenes. Desafortunadamente, todos conocemos casos -¡si es que nosotras mismas o nosotros mismos no fuimos uno de ellos!- en los que el estudio de la filosofía en bachillerato no ha sido sino una carga, un aburrimiento, el intento de embutir en nuestras mentes una serie de teorías abstractas de señores (pocas “mujeres felices” hasta hace poco, pero ya hace décadas que esto comenzó a cambiar) lejanos en el tiempo e incluso en las preocupaciones. Pues bien, ante ese panorama, que termina sembrando personas para quienes la filosofía no es más que “un rollo”, defiendo el enorme interés potencial de la filosofía para los adolescentes. En realidad, como decía Epicuro, “nunca se es demasiado joven ni demasiado anciano para filosofar”. Efectivamente, nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para comenzar a filosofar o para continuar haciéndolo. ¡Claro, porque filosofar no es más que el intento de arrojar luz sobre los problemas que nos plantea la vida! Filosofar es intentar “comprender”, y la comprensión es una de las características humanas más destacadas. Queremos comprender qué hacemos aquí en este extraño mundo al que nos han arrojado sin pedirnos permiso. Queremos comprender qué somos y quiénes somos. Queremos comprender qué podemos llegar a saber y qué podemos creer de manera razonable. Queremos saber si todo termina con la muerte. Queremos comprender cuál es el sentido de nuestra vida, incluso si la existencia en su conjunto tiene algún sentido. El sentido del ser. O, como dijeron Leibniz y más tarde Heidegger, ¿por qué el ser y no más bien la nada? ¿Cómo es que hay algo existente? ¿De dónde ha surgido? ¿Qué papel desempeña el ser humano en este teatro del mundo en el que a veces parece estar representando una comedia, en ocasiones un drama, y muchas incluso una tragedia? No solo ya ¿para qué la filosofía?, sino ya puestos en plan dramático, ¿para qué vivir?

Las preguntas de la filosofía son inagotables. De hecho, es frecuente decir que en filosofía son tan importantes las preguntas (y el saber formularlas correctamente) como las respuestas (y el saber vivirlas no solo intelectualmente). En realidad, solo cuando me he hecho la pregunta acerca de algo, habré hecho “espacio” para acoger la respuesta. Cuando esta llegue, solo si me ha preocupado y estoy atento, porque he llevado la pregunta en mi corazón durante un buen tramo del camino, puede tener sentido para mí y puedo apreciarla realmente.

Así pues, a mi entender, la función del profesor de filosofía en esos cruciales años del despertar filosófico (¡y de tantos otros despertares!) que acaece en la adolescencia, no es tanto la de ofrecer recetas filosóficas y desorientar al alumno con las más variadas respuestas ofrecidas a lo largo de la historia de la filosofía a los más abstrusos problemas, sino despertar inquietudes, por una parte, y orientar en la búsqueda de las respuestas, para que sea la propia adolescente, el propio joven, el que vaya descubriendo o construyendo su respuesta.

Ahora bien, la filosofía se ha caracterizado siempre por su carácter analítico, su énfasis en la reflexión, la importancia concedida a la argumentación, en suma, por su “racionalidad”. Pero, yo diría que esto es solo un aspecto, importante es cierto, de la filosofía. No puede olvidarse el papel de la “intuición” (quizás históricamente, hasta simbólicamente, incluso realmente más “femenina”, mientras que la “reflexión racional” era más “masculina”), ni tampoco el de los sentimientos (¿también estos más “femeninos”? No, más valdría seguir caminando hacia la integración de los distintos aspectos en cada uno de nosotros). Unir razón e intuición, sentimiento y sensación, amor y sabiduría, sería una de las exigencias de la “filosofía” actual, del tiempo presente, del ser humano integral que intentamos llegar a ser.
               
Esa tarea analítica, “el esfuerzo del concepto” que decía Hegel, la reflexión sostenida, a ser posible a partir de una intuición afinada, posee dos herramientas imprescindibles para el cultivo de la filosofía: la escritura y el diálogo vivo. Escribir nuestras reflexiones, lo cual puede comenzar siendo un pensar sobre nuestra vida cotidiana, una especie de “diario filosófico”, que sea no solo un “diario sentimental”, tan fácil para la adolescente, sino también de un diario filosófico, en el que comienza a despertarse el gusto por el pensar y por la escritura,  por el ver con claridad lo que está ocurriendo, por sostener el hilo de la comprensión, profundizando en ésta. Y, por otra parte, el diálogo. En el instituto, diálogo con los otros compañeros y con el profesor, en la calle diálogo con las amigas y los amigos, en casa diálogo con los padres, con vosotros, padre y madre que probablemente sois quienes estáis leyendo esto, aunque acaso sirva para que lo lean vuestros hijos e hijas, incluso para que, de manera natural y sin forzarlo, respetando los ritmos y los intereses, incluso los silencios y las lejanías provisionales, pueda surgir un diálogo más vivo, más hondo, más auténtico. Y, desde luego, como ya sabemos todos, “dialogar” en serio no es fácil. También hay que aprender a dialogar, pues esto supone no solo saber hablar y expresar correctamente, con claridad y precisión, lo que estamos pensando, lo que queremos decir, sino también saber escuchar, con atención, con verdadero interés, casi podríamos decir desde un silencio meditativo, sin el cual el diálogo pronto resulta abortado y la palabra se convierte en un arma arrojadiza, en lugar de una palabra amorosa y sabia que une los corazones y las inteligencias.

¡Que el diálogo filosófico ilumine vuestras mentes y las de vuestras hijas e hijos, que el pensar amoroso compartido llene vuestros corazones, que seais vosotros y vosotras mismas, para vuestros hijos, no solo maestros del pensar, sino también maestros del ser… y del amor. Pues no olvidéis recordarles –y para ello tenéis que recordarlo vosotros- que sea cual sea la pregunta, la respuesta es el amor (incondicional).

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