El Encuentro

May 11, 2018

 

Ninguna magia como la del encuentro de dos seres destinados a unir sus vidas.

Son como las aguas de dos rios que confluyen en un punto tras recorrer un largo camino, para fundirse en un sólo más amplio y caudaloso, aportando cada uno su propia esencia y cuanto han recogido y aprendido a lo largo de su vida.  Vivencias, experiencia, sueños e ilusiones que, desde ese momento, serán compartidas por ambos.

A unos les llega antes y a otros más tarde.  A algunos no les llega nunca.  Pero todos ansiamos siempre ese momento.  Lo ensayamos desde que somos niños, tratando de gustar y de encontrar a quien nos guste, teniendo efímeros noviazgos que nos van preparando para el definitivo encuentro con la persona a quien estamos destinados a amar.

Soñamos con ella en los momentos de soledad.  En la noche oscura de las experiencias más duras que nos ha tocado enfrentar a lo largo de nuestra vida, cuando esa persona todavía no ha llegado y añoramos tenerla a nuestro lado para confortarnos, o para protegerla cuando ella nos necesite.  Para abrirnos paso juntos o para gozar y compartir los momentos de triunfo y alegría.

Mientras, la vida transcurre y seguimos aprendiendo de ella, disfrutando de nuestra familia y de los buenos amigos, ilusionándonos con alcanzar pequeñas metas y objetivos por los que luchamos día a día, y alcanzando algunas de esas pequeñas cumbres que nos permiten gozar de efímeros momentos de gloria, pero siempre con la visión puesta en la montaña más alta de todas, la que sabemos que roza las estrellas, la del amor de pareja.

Y, como cometas en el cielo, las vidas de los amantes surcan el espacio buscándose el uno al otro.  A lo largo de nuestras trayectorias se producen múltiples encuentros, algunos de los cuales pueden llegar a cambiar nuestro rumbo, situaciones vividas y personas que hemos conocido que han cambiado de una u otra forma nuestras vidas, ayudándonos a conformar nuestra personalidad o permitiéndonos ver nuevos horizontes hacia los que nos orientamos desde ese instante.  En algunas ocasiones, se producen sobresaltos cuando creemos haber encontrado a la persona, entonces nuestro corazón se sobrecoge cuando todo el universo aparece brillante ante nuestros ojos y se desata la ilusión.  Es un tiempo para los sentimientos más intensos, en los que nuestra capacidad de gozar estalla con las luces de un cohete en la noche.  Pero, como si de una ilusión se hubiera tratado, luego vemos como el sueño se desvanece estrellándose contra la realidad de una persona que no nos corresponde, o descubrimos finalmente que no era el hombre o la mujer que creíamos haber visto sino otro al que ahora no podemos reconocer mientras el espejismo se desvanece ante nuestros ojos.  

Pero, tras la caída, nos levantamos y seguimos avanzando, atravesando nuevos cielos de alegría y felicidad así como viejos infiernos de ansiedad o tristeza, siempre guiados y alentados por el deseo de encontrar finalmente a ese ser al que nos sabemos unidos desde antes de nacer.

Hasta que un día, en un instante verdaderamente mágico, se produce el ansiado encuentro.  Cuando, al cruzar nuestra mirada con la suya, el mundo parece detenerse y sentimos como nuestro corazón estalla de gozo.  Y en sus ojos descubrimos lo mejor de nosotros mismos, toda nuestra capacidad de amar y la profundidad de un sentimiento que conmueve hasta lo más profundo de nuestro ser, llenandonos enteramente hasta rebosar de esa luz brillante que también ilumina a cuantos se acercan a nosotros.  Y así los cometas se convierten en una estrella que irradia y da vida a cuantos les rodean.

Esa magia puede producirse en cualquier momento, con alguien a quien todavía no conoces pero cuyos pasos le acercan cada día más a tí o con alguien a quien crees conocer pero al que todavía no has mirado bien en el fondo de sus ojos y de su ser.

Es la magia de reconocer a tu compañero en este viaje.  El momento en el que aquello que ya estaba unido en el cielo, cristaliza en la Tierra.

Es el inicio de una nueva etapa en la que dejamos atrás la costa de nuestra soledad interior, para surcar nuevos mares junto a nuestro amante.  Nuestra nave se llama Pareja y, a partir de ahora, deberemos cuidarla tanto como a nosotros mismos.

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