Es aberrante y ocurre todos los días...

December 15, 2017

 

Hablaba el otro día sobre la ablación (mutilación genital femenina), con una buena amiga colaboradora de una ONG que había viajado tiempo atrás a un país africano, y me decía que, ya desde muy pequeñas, a las mujeres se les dice de los horrores y espantos que les pueden ocurrir si no se someten a ella. Desde que sus genitales crecerán alcanzando unas dimensiones enormes y no les permitirán andar, hasta que se trata de una manifestación del mismo demonio o que el clítoris se trata de un resto característico del aspecto masculino que debe de ser eliminado para que sean mujeres por completo. ¿Quién va a querer a una mujer con los rasgos genitales de un hombre?

 

Se les inculca la idea de que sus genitales, tal como son originalmente, transmiten sensación de suciedad, son antiestéticos, provocan infertilidad y dificultades en el parto. Y se amparan en creencias religiosas para acabar de minar la voluntad y el espíritu de la mujer.

La presión a la que se ven sometidas es tal que, según su parecer, es prácticamente imposible erradicar la práctica hoy por hoy. Además, aunque la realidad es que este tipo de mutilación está prohibida en muchos países se sigue efectuando clandestinamente.

La mujer que no ha sufrido ablación suele ser rechazada socialmente, por lo que esta acción suele ser aceptada por muchas de ellas como vía de integración al ser algo normal en su entorno.

 

No solo se practica en África, también en algunos países de Asia (Oriente Medio, Yemen), Colombia, zonas indígenas de América del sur, y en Europa, Australia y América debido al aumento de la inmigración.

 

Según el lugar se realiza entre los pocos meses y los 14 años. Parece que cada vez se reduce más la edad para evitar que la mutilación pueda ser rechazada cuando las niñas son más mayores, sobre todo si han recibido información de los riesgos y problemas que les pueden ocurrir. Las condiciones suelen ser de higiene nula, y los elementos que se utilizan del todo inadecuados. Los daños, hasta hace poco, eran prácticamente irreparables. En la actualidad ya se practica cirugía reparadora con la que parece conseguirse en un 90% de los casos una buena restauración anatómica, y en un 70% de ellos cierta recuperación de la sensibilidad original.

 

Tras la ablación la pérdida total de sensibilidad sobreviene en todos los casos, imposibilitando el disfrute sexual de la mujer y limitando las relaciones sexuales tan solo a la reproducción. Tal argumento es utilizado para que ellas lleguen vírgenes al matrimonio, tratando así de evitar su promiscuidad antes y después del mismo.

 

Además, también puede ocurrir, desde la muerte por hemorragia o infección por septicemia en el momento en que se efectúa, hasta posteriores aberraciones cicatriciales, que incluso originan disfunciones de la marcha, abscesos, quistes, infecciones genitales, vesicales y de orina recidivantes, mayor probabilidad de contraer SIDA, hepatitis y otras enfermedades hematológicas, dismenorrea, estenosis uretral, incontinencia de orina y mayor dificultad en el parto con frecuente riesgo de infestación durante el mismo.

 

Todo ello supeditado además a factores diversos, incluida la suerte de mutilación que se efectúe, desde la más simple con la ablación del clítoris hasta la más compleja que incluye labios mayores y menores y el posterior cosido dejando una mínima luz para la expulsión del flujo menstrual.

 

¿Cómo luchar contra esta práctica?

 

Es complejo, hay que vencer resistencias que se amparan en tradiciones, supercherías y creencias religiosas que provocan el pánico en caso de incumplimiento, en el miedo a la exclusión y el rechazo social. Hay que doblegar la voluntad del hombre que no quiere renunciar al trato de privilegio sobre la mujer, considerándola como objeto inferior y utilizándola a su conveniencia por medio de la violencia, el maltrato y la tortura.

 

La divulgación de la información sobre las consecuencias de la ablación y los derechos de las mujeres, y el acceso a una educación adecuada que mejore el nivel cultural de las sociedades en las que se practica junto con una atención médica de mejor calidad, son herramientas básicas e indispensables. La difusión de la técnica quirúrgica para la reparación de la ablación y su puesta a disposición de las mujeres afectadas al mínimo costo posible y en forma masiva podría ser entonces aceptada en estas comunidades y no solo reparar la funcionalidad y sensibilidad de las lesiones, sino restituir la dignidad y elevar la moral de las afectadas, y hacer comprender en esos ámbitos lo aberrante de la mutilación.

 

Pero ello no será posible sin una implicación internacional más amplia, y un mayor apoyo político para fomentar su erradicación. Será difícil, pero no imposible.

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