Sabiduría espiritual y sabiduría psicológica

September 22, 2017

 

Si tuviéramos que mostrar la esencia de la sabiduría espiritual, quizás bastaría hablar del estado de plenitud radiante que constituye el centro de nuestro ser, desde siempre y para siempre. Mostrar que el error cognitivo (¡y existencial!) básico es el identificarse exclusivamente con nuestro cuerpo físico o con nuestro “ego”, la idea de nosotros mismos que se ha ido formando con el tiempo, y de ese modo perder la libertad del ser pleno que somos. Trascender todas esas limitaciones, instalarse en el Ser, y desde allí vivir de manera espontánea y creativa, en el descubrimiento constante del instante presente. Vivir la tempiternidad, la eternidad en el tiempo, el poder del ahora, la irrepetible instantaneidad de lo real. Meditar (no en el sentido de reflexionar conceptualmente) sería dirigirnos a ese centro inespacial de nuestro ser, allí donde somos Uno con todo lo que existe. Meditar sería morar en ese espacio atemporal de nuestra conciencia que no se ve afectado por lo que ocurre en el tiempo. La sabiduría espiritual, fruto maduro de la realización espiritual, es no tanto una concepción conceptual, como una vivencia de lo más profundo de la realidad, un instalarse en la fuente de donde mana todo acaecer, todo suceso. Sabiduría es plenitud de ser y fluir armónico con el río de la vida, que discurre sabiamente más allá de todo control egoico.

 

Sin embargo, muchas veces, esa sabiduría espiritual, connatural a nuestra identidad espiritual, transpersonal, más profunda, se olvida, se pierde, desaparece de nuestra conciencia y es cuando la vida se sume en la incertidumbre, en el desconcierto, en el sufrimiento y parece que hemos perdido la pista del camino de retorno a Casa, incluso la esperanza de que haya alguna casa, algún lugar al que llegar. Por ello, surge la necesidad de una “sabiduría psicológica” que aplique la luz de la visión clara a la vida cotidiana y desate los nudos psicológicos que nos impiden fluir libremente, los condicionamientos negativos que lastran nuestro caminar, los apegos que nos hunden como arenas movedizas. Esta sabiduría psicológica es, en realidad, un aspecto, una aplicación, de la sabiduría espiritual, pero no siempre se integran suficientemente. Volvemos aquí a la idea de una sabiduría del cuerpo, una sabiduría emocional, en conjunto, de una sabiduría psicológica que sabe qué hacer con el cuerpo y sus instintos, con las emociones y sus vaivenes, con los pensamientos y su presencia excesiva, incluso obsesiva.

 

Sabiduría psicológica que ha gozado de un vertiginoso desarrollo a lo largo del siglo XX. Como si la purificación necesaria en todo camino espiritual buscase herramientas para ser aplicadas al complejo mundo psicológico en el que nos hemos ido laberínticamente introduciendo los seres humanos. Incluso podemos decir que hoy en día, la relación entre psicología y espiritualidad, si se prefiere, entre psicoterapia y espiritualidad, es una de las cuestiones centrales en el buscador de la sabiduría integral.

 

El sabio-terapeuta o terapeuta-sabio es una de las figuras más actuales del Iniciado en los misterios de la vida y la muerte, que ha sanado su propia herida existencial, que ha descendido a sus propios infiernos, que ha pasado por la noche del alma y tras ello puede ayudar, cual moderno bodhisattva, a paliar el sufrimiento de los demás, a liberar a otros buscadores de los nudos psicológicos que les impiden caminar más satisfactoriamente. La sabiduría terapéutica participa de las distintas fuentes salvíficas que han emergido en el siglo XX, comenzando por el psicoanálisis freudiano y la analítica junguiana, habiendo buceado en el inconsciente, tanto personal como colectivo, habiendo trabajado sobre los distintos mecanismos de defensa que tan abundantemente utilizamos para evitar la angustia de nuestros condicionamientos atenazadores. Ha sabido mirar de frente los distintos arquetipos que aparecen en nuestro camino, las identificaciones y las proyecciones que realizamos, mermando así el descubrimiento de nuestra verdadera identidad. Ha aprendido también la importancia de un análisis del carácter que muestre las corazas que hemos ido construyendo y que impiden que fluya la energía. Ha comprendido que la negación y la represión no conducen a buen puerto y que lo reprimido retorna siempre, de un modo u otro, y en ocasiones de manera retorcida y malsana. No descarta las enseñanzas que apuntan a la propia conducta como palanca para la transformación, corrigiendo los aprendizajes erróneos, ni aquellas que insisten en el papel crucial de la cognición, de nuestros sistemas de creencias, de nuestras ideas irracionales. Se puede modificar la conducta y transformar los condicionamientos inoperantes, se pueden erradicar las ideas, las emociones y los comportamientos disfuncionales, sin que ello suponga negar la profundidad de las raíces de todo ello en el subconsciente, sin negar lo más propiamente humano.

 

Pero, todo ello, todas estas herramientas proporcionadas por los distintos enfoques terapéuticos que el siglo XX fue desarrollando, son empleadas con una cierta maestría, fruto de la maestría interior alcanzada. El sabio-terapeuta, avanzado en el camino iniciático, en contacto con su ser profundo, capaz de comunicar el silencio luminoso desde el que actúa, es capaz de desatar los nudos de la personalidad y al mismo tiempo contagiar al paciente cliente con el perfume de la libertad interior y de la autenticidad. Sabe dirigir a quien tiene enfrente hacia el cierre de las situaciones que han quedado sin clausurar, sangrando, por no haber sido capaces de reconocerlos, aceptarlas, atravesar el dolor que provocan e integrarlas en la nueva conciencia que va emergiendo en la sanación.

 

Sin duda, el terapeuta-sabio ha visitado no solo los sótanos de su ser, las oscuridades y las sombras de su subconsciente, sino también y de manera significativa, las alturas luminosas de lo supraconsciente. Tras el análisis psicológico invita a la psico-síntesis, recuperando el valor de los actos de la voluntad, insistiendo en la importancia del amor, re-descubriendo el yo transpersonal que puede iluminar los pasos del pequeño ego. Sabe que las raíces de algunos conflictos, de algunos traumas, se remontan en el tiempo, y si es necesario, puede permitir el acceso a la conciencia de contenidos y vivencias, de recuerdos procedentes de vidas anteriores. También ahí rige el lema de “hacer consciente lo inconsciente”. Hacer consciente, igualmente, lo hasta ahora supraconsciente. Además, ha comprendido también que el individuo forma parte de una constelación familiar determinada, y que lo vivido por miembros de la misma, en su línea genealógica, puede influir decisivamente en su propia experiencia. Todo ello puede ser no solo llevado a la conciencia, sino también sanado, limpiado, integrado, diluido. Sin el peso del pasado, el presente puede ser recorrido con mayor serenidad y lucidez.

 

Al igual que sucede con las escuelas de espiritualidad, el terapeuta-sabio no necesita ya identificarse de manera exclusiva con una sola escuela psicológica y terapéutica, pues cada una ha partido de sus propias intuiciones y ha desarrollado herramientas capaces de iluminar y sanar fragmentos del alma humana.

 

De este modo, el sabio-terapeuta invita sigilosamente al descubrimiento de las dimensiones transpersonales del “sanando”, de quien se encuentra en proceso de sanación profunda, y para ello es imprescindible que él mismo haya visitado tales dimensiones y las haya integrado en su práctica cotidiana. ¡Cómo, si no es así, transmitir la paz y el silencio sanadores! ¡Cómo, si no, comunicar la lucidez gozosa que proporciona el contacto con el alma! ¡Cómo, si no, contagiar al “sanando” con el perfume del ser!

 

La psicología vuelve a hablar del alma, vuelve a ser logos de la psique. Y por ello sabe ayudar a buscar el sentido de la vida de cada persona, convirtiéndose así en verdadera logo-terapia, pues el hombre siempre está “en busca del sentido”. Y ya no solo un sentido parcial, que permita la supervivencia en situaciones dramáticas, sino el Gran Sentido que se abre con la iluminación espiritual y la apertura a la Sabiduría.

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