Infertilidad y Emociones

June 2, 2017

 

Es común que cuando una mujer tiene dificultades para concebir se sienta insatisfecha, con sentimientos de inadecuación al no poder  cumplir las expectativas personales y sociales que cree se esperan de ella, que no se sienta realizada como mujer, y que fije a su estructura emocional una valoración negativa de sí misma.

 

La capacidad para concebir suele influir en cómo se siente la mujer a nivel muy profundo. "No poder" se vive como injusticia, y se experimentan pena, envidia y celos hacia otras mujeres que pueden o han podido tener hijos. Puede perderse el interés sexual, y sentirse baja autoestima. Evitar el problema y negar la situación de infertilidad acostumbra a conducir a no solucionarlo. Hay que encontrar sentido a la experiencia para reconciliarse con ella, puesto que si no, puede iniciarse un recorrido  frecuentemente dirigido hacia la depresión y al posible deterioro de la relación de pareja. Así, es de vital importancia buscar soluciones y apoyo, compartiendo el proceso con la pareja, sin permitir que los acontecimientos influyan en la relación.

 

Las expectativas vitales, normalmente basadas en presiones que emanan de valores culturales, sociales y religiosos, hoy son confusas. La sociedad que vivimos anima a la mujer a tener hijos, pero, por otro lado, prevalece la idea de esperar en la tarea hasta que se haya logrado una cierta estabilidad económica y profesional, lo que parece conducir a un aumento de los casos de infertilidad. ¿Y esto por qué?  Debe saberse y entenderse que la concepción no es una actividad más en la planificación del calendario. Es un acto receptivo, y puede verse alterado por el miedo a las nuevas exigencias que llegarán cuando aparezca el bebé. Realmente, tras esa lucha "deseo el embarazo - me asusta lo que vendrá" puede esconderse el "no quiero, en el fondo no deseo cambiar mi vida".   O pensado y disfrazado de otro modo "si que quisiera el bebé pero temo que me desmonte la vida". Es posible que esas mujeres hayan visto a sus madres frustradas por haber tenido un embarazo delicado, o un parto difícil o porque dedicaron su vida al cuidado de sus hijos, y ahora trasladan sobre sí mismas esa frustración y se culpan por ello.

 

El cuerpo de la mujer reacciona entonces, tal vez, negando el embarazo y siendo infértil. La concepción, el embarazo, el parto, la llegada del bebé y sus cuidados posteriores deben ser sentidos, porque lo son, como actos de amor. Actos de y desde el corazón.

 

Cuando el estilo de vida es intenso, disminuir en parte la actividad para reducir el cansancio puede hacer que crezca la energía creadora de la mujer, y eso puede ayudar a la fecundación. Con una mayor energía los temores y miedos se desvanecen con más facilidad. Vivir esa reducción de la ocupación diaria con alegría, con satisfacción, con gusto, es importante. Aprovechar ese tiempo para crear el futuro que vendrá puede ayudar a que la vida lo haga realidad. De nada servirá vivir ese descanso con desgana, como una renuncia a ese estilo de vida que no se desea abandonar, que se desea aún más que el embarazo.

 

Otros aspectos relacionados con la excesiva atención sobre el embarazo, o con la infancia, con sentimientos inadecuados de inferioridad por ser mujer,  con situaciones de sobreprotección,  y con la primera menstruación, cuando esta ha sido vivida con el disgusto de dejar de ser niña,  pueden también influir en las dificultades que pondrá su cuerpo para concebir. Hay que reconciliarse con esos conflictos, hacer las paces con las creencias erróneas, y comprender que cada fase de la vida aporta una nueva riqueza y confiere los elementos necesarios para seguir creciendo y generando amor.

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