El hombre más poderoso del mundo

November 24, 2017

 

Hasta el palacio del hombre más poderoso del mundo llegó la noticia de alguien cuya sabiduría era la más grande de todo el orbe, de quien se decía que vivía en las lejanas montañas de Tai-lin. Sin pensarlo dos veces, el rey ordenó organizar una gran expedición hasta aquel lugar, pues él mismo aspiraba a ser reconocido como el más sabio, además del más poderoso hombre sobre la Tierra. Tras muchas jornadas de marcha llegaron a su destino. Para su sorpresa, aquel gran emperador descubrió que el gran sabio al que buscaba no habitaba palacio alguno, sino que vivía en una cueva de la montaña. Cuando llegó hasta allí, montado en su brillante cabalgadura, percibió entre la penumbra de la cueva una figura que avanzaba hacia él, envuelta en un sencillo hábito que también cubría su cabeza y que le impedía ver su rostro. Cuando salió al exterior y la luz del Sol alcanzó al sabio, un soplo de viento le retiró la capucha y, para mayor sorpresa del emperador, éste descubrió que se trataba de una hermosa mujer!

Jamás pude esperar que el más sabio entre los hombres fuera... una mujer! Exclamó.
 
Así sucede cuando se parte de falsas suposiciones y prejuicios sobre la mujer, como sobre la esencia y naturaleza del poder...

El poder, esta última palabra retumbó con fuerza en el interior de aquel poderoso emperador, pues esa había sido siempre su obsesión.

¿Y qué me puedes enseñar tú sobre el poder? ¿Acaso no sabes que soy el hombre más poderoso de la Tierra?
 
Y, ¿Cómo conquistaste tu reino gran Señor? La mujer sabia le preguntó.
 
En el reino de mi padre mandé construir una gran flota en la que embarqué a todos mis hombres, desembarcando en las costas del que hoy es mi reino y conquistando por la fuerza de mi espada la ciudad desde la que hoy gobierno y desde la que he conquistado otros siete reinos!
 
¡Cuánto mérito! Espetó la mujer, esbozando una sonrisa burlona. Y ¿Cuántos tuvieron que morir para que tus sueños de gloria pudieras cumplir?
 
Es inevitable que algunos hombres mueran en la guerra! –con gesto molesto el emperador le contestó-
 
Luego no estabas solo... y no fue que conquistaste la ciudad y tus siete reinos, solo con la fuerza de tu espada, como acabas de decir, sino con la ayuda y el sacrificio de muchos otros ¿No es así Gran Señor? 
 
El Emperador estaba cada vez más molesto por la insolencia de aquella mujer, que le estaba poniendo en evidencia ante sus soldados y toda la comitiva palaciega que le acompañaba. Furioso y tratando de que le reconociese como el hombre más poderoso de la Tierra, el Emperador hizo un ademán y un soldado se adelantó ordenándole a la mujer que se arrodillase ante el Emperador.
 
Lejos de obedecer la orden, la mujer avanzó directamente hacia el Emperador y, mirándole fijamente los ojos, le dijo
 
Todo cuanto habéis conquistado se lo debéis a quienes dieron la vida por vos. ¿Acaso no deberías arrodillarte tú para agradecerles su sacrificio y pedirles perdón? Pues nada tendrías si ellos no te lo hubieran dado, aún a costa de sus propias vidas.
 
¿Y tu padre? También deberías arrodillarte ante él. Porque ser su hijo te permitió construir una flota, sin la cual nunca habrías llegado hasta tu nuevo reino. De manera que tampoco hay en ti ningún mérito por haber nacido príncipe en lugar de mendigo.
 
Veamos ahora el inicio de tu grandeza, cuando tu flota partió del reino de tu padre ¿Y qué hubiera sido de ti si el Dios de los Cielos hubiera desencadenado una fuerte tormenta que la habría hecho naufragar? ¿Qué grandeza te hubiera quedado como náufrago en medio de la inmensidad del océano?
 
El Emperador era un hombre inteligente y se daba cuenta de todo aquello era cierto y había verdadera sabiduría en las palabras de aquella mujer. Sintiendo por primera vez que su grandeza se la debía a sus soldados, a su padre y a Dios. Sin embargo, su Ego aún quiso hacer un intento porque la mujer reconociera el mérito de sus dones y poder personal, diciéndole así
 
Todo cuanto dices es cierto, como también lo es que mis éxitos militares han sido posibles gracias a mi inteligencia como estratega y a mi audacia, fuerza y pericia en el campo de batalla, que mostraron ante todo el mundo mi superioridad frente a los caudillos de mis adversarios.
 
...y tu carisma personal, capacidad de liderazgo o excelencia como orador cuando te diriges a tu pueblo, de las que también he oído hablar –le respondió la mujer sabia, sorprendiendo así al Emperador que, por fin, creía recibir de su parte las adulaciones que esperaba-
 
Sin embargo, continuó la mujer, ¿Qué mérito te corresponde por haber nacido inteligente en lugar de tonto, buen orador en lugar de torpe comunicador, o fuerte, alto y apuesto en lugar de débil y enfermizo como otros?
 
El Emperador quedó pensativo y en silencio, pues era cierto que no podía atribuirse como méritos propios los dones con los que Dios le había bendecido.
 
Entonces ¿Dónde se encuentra el mérito en un hombre? Respóndeme a esto mujer sabia.
 
Me hablas siempre de los hombres, y yo te pregunto ¿Qué hacían las mujeres mientras los hombres hacíais la guerra?
 
Ellas criaban a nuestros hijos  y cuidaban de nuestras casas y de los ancianos, los enfermos, los heridos...
 
Me pedías una respuesta y tú mismo te la acabas de dar –le dijo con aplomo la mujer-. Lo primero es reconocer que el único mérito de cualquier hombre o mujer es lo que decidimos hacer con el poder que nos ha sido dado, por Dios, nuestros hermanos y antepasados, para la protección y el cuidado de la vida.
 
Las palabras de Aisha, que así se llamaba la mujer, retumbaban en los oídos del Emperador que, por primera vez, reconocía en otra persona un poder mayor que el suyo : el de la sabiduría de aquella hermosa mujer.
 
Y es así que tú también habrás de tomar tu propia decisión sobre el uso del poder que te ha sido dado, en la elección entre el Bien y el Mal, la vida o la muerte, cuidar de tu pueblo o enviarlo a nuevas guerras de conquista al servicio de tu propio Ego.
 
Emprendiste el Camino del Mundo y extendiste tus dominios a siete reinos. Y ¿Qué vas a hacer con todo ese poder? ¿Seguir con tus guerras de conquista de nuevos reinos, retando a otros reyes hasta que alguno de ellos finalmente te derrote y contemples el absurdo y la destrucción de tanta locura? ¿O tomar el Camino de la Rosa, el del amor, la justicia, el cuidado y la sensibilidad que son el verdadero mérito del gobernante?
 
Recuerda esto, pues nadie es más que los demás, ni el poder que te ha sido dado es para ti, sino que solo te otorga la responsabilidad de ponerlo al servicio de tu pueblo. Que tu fortaleza y talento sean para protegerles y habla con las mujeres para aprender cómo cuidar y despertar tu sensibilidad, pues en equilibrio habrán de estar el lado masculino con el femenino para alcanzar todo el progreso humano y prosperidad material que a vuestro alcance están.
 
Impresionado por la sabiduría de las palabras de la mujer, el Emperador bajó de su cabalgadura y se arrodilló ante ella, diciéndole así :
 
Me inclino ante ti mujer, pues tu sabiduría es verdaderamente el mayor poder sobre la Tierra.
 
Se dice que el Emperador tomó conciencia de que, lo verdaderamente importante, era cuidar, educar y proteger a su pueblo, en lugar de seguir luchando y ambicionando nuevas posesiones, convirtiéndose así en un sabio y admirado gobernante. Se dice también que, a su regreso, pasó mucho tiempo conversando y aprendiendo de las mujeres, a las que reconoció su inmenso valor como transmisoras y cuidadoras de la vida, dedicando  una especial atención a desarrollar su lado femenino para el despertar de su sensibilidad e intuición, que así también acompañaron a su natural inteligencia en la toma de decisiones para el mejor gobierno de su pueblo.

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